2/4/09

El 47

No sé señor, en verdad que no sé. Tal vez por el sólo hecho de escapar de una vida que repugna y que con tanta monotoneidad nos hace repugnarnos a nosotros mismos. O tal vez por disfrutar. Sí, disfrutar. Por ese goce que es dueño de mi locura. De todos modos, lo cierto es que cualquier infierno es mejor que el que ya estaba viviendo.

Y es que la vida del colectivero no es fácil, señor. Llegué cansado después de haber cubierto el turno de la noche, quizás un tanto contento porque al día siguiente haría el de la tarde y por lo tanto no madrugaría. Mi mujer ya dormía. Comí unas salchichas viejas que habían quedado descongelándose en la pileta de la mugrienta cocina que nos acompañaba hacía años. Mi mujer ya no limpiaba, apenas si cocinaba y difícil me era recordar la última vez que hicimos el amor, o la última vez que me dijo te amo o te quiero. De todos modos tampoco recordaba cuándo fue la última vez que lo hice yo.

Me fui a la cama. Inútilmente traté de tocarla pero ella con un ronquido se apartó. Aun así no me perdía de nada. Los chicos se habían ido hacía tiempo y poco sabíamos de ellos. Y ella, bueno, ella era redonda, desalineada, unas cuantas arrugas ya se asomaban en su cara y sus várices sólo eran superadas por su celulitis. Me pregunté qué sería de ella si yo moría y la respuesta no tardó en llegar: un infierno. Me dormí.

Al otro día me bañé. El agua, señor, era una de las pocas cosas que me reconfortaban. El agua, -turbia, eso sí señor, porque aunque pagábamos por el servicio como correspondía, o no teníamos o llegaba con un tinte marrón que ni los perros animábanse a tomar. El agua señor.

Salí de mi casa. En el buzón había una carta, la hipoteca. En el fondo sabía que era imposible pagarla, así que intentaba pensar en otra cosa. Subí a mi casi fundido 504 y me fui a trabajar.

Ya en el garaje de la empresa me dirigí al coche que me habían asignado. El 47 era un colectivo viejo pero que todavía aguantaba.

Así entonces salí a las calles grises y sucias para comenzar mi recorrido. Crucé el Arroyo Lugones por un débil puente que me daba una mezcla de miedo e intriga porque nunca se sabía cuánto más podía aguantar. El Arroyo Lugones está completamente contaminado señor. Usted bien sabe que lo costea una extensa villa miseria y varias fábricas tiran sus desperdicios en él. Da asco. Bastante ancho y profundo. A su alrededor un sinnúmero de niños corren descalzos entre la basura, sin saber que mientras más se acercaban a él, también lo hacen hacia una muerte casi segura. Ese arroyo representaba todo, señor. Nuestra miseria, la riqueza de algunos y –sobre todo – la injusticia.

En la primera parada una cola de una cuadra esperaba para tomar a mi colectivo. Uno a uno fueron subiendo. Cuando se acabaron los asientos comenzaron a ocupar el pasillo hasta llegar a la puerta. Ya no entraba un alma. Me gustaba ese turno, señor. Sólo en ese momento veía a gente tan desdichada como yo, cansada por un largo día de trabajo mediocre. Y sí, eso es lo que seguramente era, mediocre si no, ¿por qué estarían viajando en colectivo? Gente que deseaba, tanto como yo, escaparse de esa vida maldita que los atormentaba con la monotoneidad de su rutina diaria. Los miré por el espejo retrovisor. Estaban como ganado esperando que venga el que los seleccione para llevarlos al matadero. Apretados, sin aire, ahogándose. Pero yo estaba tranquilo en mi asiento y por un momento me sentí su salvador. Sí, eso era. Por eso me habían elegido para que los guíe hasta el final de sus pesadillas diarias. Sí, estaba seguro señor.

Una vez más tenía que cruzar el Arroyo Lugones y su agua tóxica como el cianuro. Y qué paradoja la de Lugones y el cianuro ¿no señor?

Y sí, yo era su salvador, mi salvador. Estaba contento y por eso señor, arrojé el colectivo al arroyo.



Santiago Tombion